
Una mañana de primavera de 1973 un hombre pálido y flaco cruzó lentamente el puente Lo Wu de China a Hong Kong. Un soldado británico en el puesto fronterizo lo saludó. Éste era, pensó el hombre más tarde, "el primer acto de dignidad que le expresaban en 20 años". ¿Su nombre? Jack Downey. Era un agente de la CIA, y desde 1952 él y un colega, Richard Fecteau, habitaron una prisión china, rehenes secretos en la Guerra Fría entre Washington y Beijing.
La captura, encarcelamiento y liberación final de estos dos agentes de la CIA es una de las leyendas más extraordinarias en la historia del espionaje. 34 años después que Downey caminó tambaleante hacia la libertad, la CIA ha permitido finalmente que un historiador tenga acceso a sus archivos más secretos.
Emboscada.
Hacia 1952, Downey y Fecteau se habían recibido de la universidad y entrado a la CIA. Con 22 y 24 años, respectivamente, estaban a punto de embarcarse en su primera -y última- misión operacional. En junio de ese año, EE.UU. había lanzado en paracaídas a cinco agentes chinos étnicos en Manchuria en una misión para desestabilizar al régimen comunista.
El equipo, que Downey había ayudado a entrenar, hizo contacto radial en noviembre e informó que había obtenido documentos importantes y quería que uno del equipo fuera recogido por "secuestro aéreo", un arriesgado procedimiento para recoger a un hombre por aire. El 29 de noviembre, un avión de transporte norteamericano despegó desde la península coreana con Downey y Fecteau a bordo. No sabían que volaban hacia una trampa.
Lo que ellos desconocían es que los agentes chinos habían sido capturados poco después de aterrizar, y los estaban utilizando para atraer a la CIA hacia una emboscada. Cuando los pilotos descendieron sobre el punto de encuentro en las colinas manchurianas, dos armas antiaéreas camufladas abrieron fuego contra la cabina. Los pilotos murieron y el avión se estrelló. Downey y Fecteau sobrevivieron ilesos, pero fueron rodeados de vociferantes tropas chinas.
Los dos agentes capturados fueron llevados a Mukden, la ciudad más grande de Manchuria, donde fueron esposados y encerrados en celdas separadas.
Cuando el avión de transporte no regresó, la CIA inventó la historia de que Downey y Fecteau eran empleados civiles del Departamento del Ejército que habían estado a bordo de un vuelo comercial perdido en el mar al oeste de Japón. Se les presumió muertos y se enviaron cartas de condolencias a sus familias.
Los dos hombres, mientras tanto, estaban pasando por un interrogatorio brutal. Con el correr del tiempo ambos confesaron que eran agentes de la CIA. Fueron trasladados a Beijing y, dos años después de su captura, fueron sometidos a juicio ante un tribunal militar secreto. Como oficial de más alto rango, Downey recibió cadena perpetua; a Fecteau le dieron 20 años.
Sólo entonces, a través de una agencia de noticias china, la CIA supo del destino real de los agentes, aunque Washington continuó insistiendo en que los hombres eran civiles.
Pequeños retazos de noticias llegaban a los cautivos, hechos a la medida para mostrar a Occidente en su peor faceta, como el asesinato de John F. Kennedy. No hasta su liberación supieron, con asombro, que un hombre había caminado en la Luna.
En el mundo exterior, las relaciones diplomáticas entre China y EE.UU. se estaban descongelando. En 1971, Henry Kissinger realizó su visita secreta a Beijing, y el 9 de diciembre de ese año, repentinamente Fecteau fue puesto en libertad.
Downey seguiría en prisión por otros 15 meses, antes de que fuera liberado, el año siguiente a la visita de Richard Nixon a China (1972). El detonador para su liberación fue el reconocimiento de Nixon de lo que el gobierno había negado por tanto tiempo: que en realidad eran agentes de la CIA, capturados en una misión de espionaje en China.
La vida en libertad.
Cuando volvieron a Estados Unidos, ambos ex agentes jubilaron de la CIA. La esposa de Fecteau había muerto en un incendio poco después de su captura. Sus hijas gemelas ahora eran veinteañeras. Finalmente, se convirtió en director de deportes de la Universidad de Boston. Downey, en tanto, se casó nuevamente con una mujer china nacida en Manchuria, y llegó a ser un distinguido juez en Connecticut, especializándose en casos juveniles. Ambos han rechazado ofrecimientos de vender su historia y no les gusta relatar su experiencia.
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